Pintura rápida

Paseando a un chucho blanco, un hombre alto y maduro con el atuendo robado de un personaje de un cuadro de Goya fumaba un piti por Argumosa. Un mago africano vestido de incógnito, envuelto en el misterio de su puro escrutaba el misterio del no ser. Mientras, un niño tocaba a su vera, como poseído por un gato, un violín borracho.  Ajenos a la rareza de cada instante, la gente dialogaba sobre política o banalidades llenando el aire de trizas y medias risas y los vasos colmados del agua de la alegría bajo el vaivén de las hojas centelleaban sin cesar. Más personajes goyescos bajaban las calles con ramos de flores y alguna con un carrito de la compra de estampado escocés.  Los músicos derramaban el llanto alegre de la materia. En una esquina de la muerte de Dios, se hallaba  un altar florido con una jovencísima virgen viviente a lo Frida Kalho, que, con el orgullo y la ausencia que otorga todo altar, se dejaba mirar y fotografiar por la muchedumbre de curiosos y juerguistas. Un borracho peruano berrea  una salsa antigua junto a un banco de la Plaza Lavapiés mientras se enreda la mirada con las piernas de las mujeres. Todo me hace gracia. El sol me apunta desde lo alto al centro del corazón. Los cigarros mueren en el asfalto como peces en la sequía. El día es tan azul y raro como casi siempre, como casi siempre aquí.

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