Autor: Mr.Soul

No te hagas el duro, no te hagas el malo, porque no te servirá, con mi visión introspectiva puedo ver tus miedos, inseguridades, amores u odios. Puedo ver la esencia que esconden las cosas, lo que se oculta tras el iceberg, porque una apariencia cambia y nada es lo que parece y lo que parece, no es lo que es.

Nostalgia

La tintineante voz de Cindy Lauper suena en el café. Time after Time. Desde la cristalera, puedo contemplar los carteles de neón de los establecimientos, alternándose en una secuencia rítmica, como un latido hipertenso que llena de vida mi barrio de la infancia. Un hombre en bicicleta cruza la avenida principal de Chinatown. La luz de las farolas tiñe el paisaje de un pegajoso amarillento. Hombres y mujeres orientales caminan en todas direcciones con paso vacilante, pero seguro.

En la mesa de enfrente, una pareja sonríe mientras conversa. La clientela se muestra animada, alegre, dinámica. Volviendo la mirada hacia el otro lado del cristal, me veo sumergido en un baño de recuerdo. Mi hermana adolescente, mis padres maduros y vitales, mi abuela con su entonces inapreciada sabiduría. Cindy calla y se puede escuchar a las jóvenes camareras hablando en su inteligible idioma.

Ahora es el turno de Tears for Fears, Everybody Wants to Rule the World. Gordon Strackham aparece en mi mente vistiendo la camiseta de los Glasgow Rangers. Con una velocidad de vértigo, sale de dos regates imposibles dentro de la televisión Grundig serie oro que presidía el salón, ante los eufóricos aspavientos de mi padre, que contemplaba la escena de pie, mientras se quitaba su mono azul de trabajo. Éramos una familia ¿Qué ha pasado? ¿Qué he hecho con mi vida? Treinta años después, me encuentro en este rincón, solitario, observando los posos de un descafeinado que yace inerte, abandonado sobre la mesa, viendo el pasar del tiempo, que pasa y pasa, sin remedio, en un ritmo frenético que acaba con todo, arrasándolo todo a su paso y sin conceder la más mínima tregua. Espero y espero y ¿qué es lo que espero? ¿Una mujer?, ¿Encontrarme a mí mismo, en una búsqueda sin rumbo ni destino, como un niño huérfano que jamás pierde la esperanza? ¿O el tiempo perdido que nunca volverá?

La música cesa y de fondo, se puede oír el murmullo multicultural. Me levanto del taburete y en apenas un paso, llego al mostrador.

– La cuenta por favor.
– Uno tleinta. Dice la joven camarera, recién salida de la pubertad.
– Aquí tienes.

Extiendo mi mano, ofreciéndole las monedas. Ella se limita a mirarme, sin parar de sonreír, marcando firmemente sus dientes superiores, como un personaje de cómic que, entre lo simpático y lo grotesco, cruza la tenue cortina que lo separa de la realidad. Con un golpe suave, dejo las monedas en el mostrador de madera.

-Glacia.

Salgo a la calle. Me quedo parado un instante delante de la puerta del bar. Finalmente, decido caminar. ¿Hacia dónde? No importa. Voy sin rumbo por las calles. Camino y camino, por inercia, observando las gentes, los escaparates, las luces, sintiendo el frío de la noche de Febrero. Stephen Hawkings viene a mi cabeza. Ahora es el turno de Punset y de las noches de Domingo, en las que en la penumbra de mi habitación, me transportaba hacia los rincones más ocultos de mi ser.

Me paro frente a la ventana de Marta. Me doy cuenta que ella ya no vive alli. Doblo la esquina y paso por delante del portal de mi casa familiar. Pienso en llamar al telefonillo, pero es tarde y mi madre se puede asustar ante la inesperada visita. Decido continuar, navegando a la deriva en la entropía de un océano de tiempo. Llego a casa. Nadie me espera. Este es ahora mi destino.

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Rincones ocultos de Madrid. El bar de Ado

Navego en la noche de Madrid, arrastrado por un vórtice, aferrándome a un oasis de esperanza. Las aguas tranquilas me exasperan en medio de la tediosa calma.

Llegamos a un bar con posters venecianos y el símbolo de la paz debajo de la carabelle. Detrás de la barra, un hombre de unos sesenta años cuenta historias de sus viajes, lo hace con gesto tranquilo, como quien está de vuelta. Dos borrachos gaélicos socializan con la pequeña parroquia que somos nosotros. Las manecillas hacen volar las horas en el reloj y entre aeropuertos exóticos y vuelos de parapente, nos dan las tres. Pablo Iglesias abraza amistosamente al dueño en una foto de la pared, en un gesto que no aparece electoralista. El menú de pasta decora la pizarra de al lado.

Nos despedimos y continuo mi deambular hacia esa nave espacial que me transportará al inexorable universo de los sueños.

En el ojo del huracán

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Hace ya más de veinte años que escuché tu unplugged, Neil, por primera vez. Tenía veintiuno,  justo estaba en el ecuador de lo que hasta ahora ha sido mi vida. Te descubrí por casualidad una noche de veraniego insomnio, explorando el dial de mi walkman, aunque la casualidad no existe y tú, Neil, entraste en mi vida como un huracán.

 

El pasado Sábado por fin tuve la oportunidad de tenerte de frente, cara a cara, quería pedirte una explicación de mis crisis existencialistas, mis depresiones, ¿por qué me abriste los ojos Neil?, podía haber sido feliz sumido en la ignorancia, sin tomar conciencia de la muerte sin darme cuenta de mi soledad, sintiendo la existencia de las drogas como un mundo lejano, exótico e inalcanzable para los seres comunes o siendo insensible a la injusticia social y a la idea de que unos pueblos  pueden exterminar a otros. A esa edad, a mí, que siempre había sido niño bueno y formal, me metiste en la cabeza la idea de que más vale quemarse que oxidarse  como Johnny Rotten. No me extraña que Kurt se pegara un tiro.

 

Pero lo que nunca te perdonaré Neil, es que me descubrieras que el verdadero amor es como un huracán, y que unos ojos inocentes, se pueden convertir en fuego y arrastrarte hacia los más dantescos infiernos emocionales. A mí Neil, a mí, que tenía las ideas más románticas y convencionales sobre el amor. Y sabes lo peor, Neil, que tenías razón.

 

Y allí estaba yo, en el barrio de San Fermín (quien me iba a mí a decir que tocarías allí), como el más devoto de tus adeptos, buscando un lugar en las primeras filas, entre la multitud de incondicionales que habían llegado de todos los rincones solo para rendirte culto. En el fondo, lo hacía para darte las gracias, por haberme revelado la verdad, por haberme hecho mirar cara a cara la realidad de la vida. Y lo quería hacer mirando de frente tus viejos ojos de superviviente y con la vaga esperanza, de que en algún momento se encontraran con los míos y saltara una de esas chispas, que son capaces de hacer surgir la vida en la más inerte de las materias.

 

¿Y qué hiciste tú, Neil? Te sentaste en tu piano acústico de madera y me señalaste la luna llena, como si de un conjuro se tratara y, como si fueras un ser sobrenatural, que llegado desde el espacio exterior en tu platillo volante y lo supieras todo, comenzaste a tocar los acordes de After de gold rush, abduciéndonos con tu voz melódica y a base de notas musicales, que suavemente nos hacían levitar sobre el escenario, ausentes de todo mundo. Era como si estuvieras por encima de la vida y de la muerte.

 

Y ay cuando te enfundaste la black epiphone, cuan arma de guerra mortal, ya estábamos entregados a tus pies. A base de potentes descargas eléctricas y esa distorsión tan peculiar, nos fuiste preparando para el golpe final, que fue el punteo eterno, improvisado en Down by the River, que casi hace levantarse de su tumba al mismísimo Jimmy. Entonces nos mostraste el secreto de la vida, entonces nos dimos cuenta que habías tomado el elixir de la eterna juventud.

 

Y terminaste con otro punteo interminable en Rocking in the free world, enseñándoles a tus jóvenes músicos quien es el maestro, quien manda guitarra en mano. Nunca te perdonaré esa sonrisa, Neil, que lanzaste al final, satisfecho, seguro de ti mismo, crecido, demostrando que  una vez más te habías salido con la tuya. Pero como no te voy a perdonar. Habías penetrado como un rayo láser en las mentes y en los corazones de las gentes con tu música y las letras de tus canciones, y ahí pobre, del que viniera allí por primera vez, porque quedó totalmente desvirgado, con el alma violada e indefenso.

 

Muchos te daban ya por desahuciado, pero te mostraste eterno, como lo es tu música y lo será por siempre, porque Rock and roll has never died”.

 

 

 

EL OLIVO

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Yo siempre digo que lo difícil de una historia es que me funcione, porque la verdadera magia del cine es hacerte olvidar que estás viendo una película, sumergiéndote en una historia llena de realismo, como si de  un sueño se tratara. Itziar consigue esto durante la poco más de hora y media que dura el metraje,  combinando simbolismos y poesía visual con unos diálogos fluidos y brillantes, que aunque en ocasiones pecan de quijotescos, aparecen sólo cuando son necesarios, dándole un toque de humor que transforma el drama en una agridulce comedia y respetando siempre la inteligencia de un espectador, que permanece absorto en la intriga.

 

La madrileña, cuenta con actores poco conocidos por la mayor parte del público, que interpretando a personajes cotidianos que se enfrentan a sus miedos e inseguridades, hacen olvidar a las grandes estrellas  y con los que nosotros, personas anónimas, nos sentimos identificados. Entre ellos destaca la protagonista,  Anna Castillo, que en su magnífica interpretación de Alma, se hace un sitio entre las futuras promesas del cine español.

 

Alma quiere salvar la vida de su abuelo, un hombre sencillo, rural, que no entiende de hipotecas y de centros comerciales y para ello, se embarca en  una cruzada en busca del olivo que formaba parte del hogar familiar, hasta que una constructora lo desgarró de la tierra a la que pertenece. Cuenta para ello con el amor incondicional de Rafa, un hombre noble, un perdedor, interpretado por Pep Ambros y con su tío alcachofa, Javier Gutierrez, otro perdedor, arruinado por uno de esos engaños que a escala masiva practican sin pudor, bancos e inmobiliarias. El apoyo de  la comunidad se torna fundamental, ya que aunque sea pequeña, son personas que piensan como nosotros y que no están dispuestos a permitir que las almas se conviertan en insensibles androides  que construyen destruyendo los espacios naturales.

 

Porque sí, porque el alma es la fuente de la vida, la esencia, que se encuentra en todos los seres vivientes y esta  Alma es un ser humano con sentimiento, en conexión con la tierra, con la naturaleza y con los valores verdaderos, que sufre ante las injusticias de una sociedad cada vez más deshumanizada, que salpica a su propia familia y conciudadanos. Pero Alma no se rinde y decide luchar, hasta las últimas consecuencias, porque aunque sea una lucha perdida,  tiene que hacerlo y para ella se convierte en una experiencia vital.

 

Itziar llena los cines de ilusión, esperanza y aventuras viajeras mezcla de road movie y españolada de estos tiempos en los que vivimos azotados por el látigo de la crisis. Al final, la máquina siempre triunfa y si no fuese así, estaríamos ante una fantástica utopía a la americana; pero esto no resta optimismo a la dura realidad que juntos compartimos en una pequeña sala, porque siempre queda la esperanza, que es la regeneración de la vida, la reencarnación de las almas.

Samsara

Nacemos, crecemos,intentamos vivir y morimos, el ciclo de la vida. La alegoría de la muerte que más me impactó la escuché de un Lama en la costa del sol. Este buen hombre de pelo rapado y vestido con el uniforme de los marines de los Estados Unidos, estaba sentado en la posición del loto, mientras delicadamente quitaba las durezas de sus pies con un machete del ejército. Entonces comparó la muerte con aquel momento del día en el que estás cómodamente sentado en la taza del váter y de repente, la casa comienza a arder.

 

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La ciudad sin tiempo

 

Tras la siesta decido salir a dar un paseo, observo el atarceder, ya casi anochecer, pero, ¿tan tarde es? El reloj de mi móvil marca las siete y media y ¿está ya anocheciendo?, ¿estamos en el mismo rango horario que Madrid? Siento que necesito un reloj, lo busco desesperadamente mientras camino. Nada. Budapest ciudad sin tiempo,ni una referencia horaria, entonces me dejo llevar, aquí da la sensación de no ser esclavo del tiempo. Pero, ¿alguna vez nos hemos parado a pensar cuál es el tiempo? ¿El qué marca los relojes? A veces perdemos metros, nos retrasamos, pensamos que es tarde, no nos damos cuenta que es nuestro tiempo, entonces y sólo entonces, todo sucede, todo es posible, como si se abriera una puerta interdimensional. Nos encontramos en el metro, por las esquinas, coincidimos en esa intersección que es el lugar preciso en el momento justo. Cuando gestionamos el tiempo del reloj, no pasa nada, sólo la vida, que pasa y pasa y sigue pasando, sin cesar, como un torrente. ¿Nos estarán robando ese don tan único como preciado que es la vida? ¿Qué está pasando?

 

 

 

Mahamudra trasciende las palabras y símbolos,

pero para ti, Naropa, he decir esto:

“El vacío no necesita apoyo;

Mahamudra descansa en la nada.

Sin hacer ningún esfuerzo;

permaneciendo relajado y natural

puede uno romper el yugo

y obtener de esta manera la Liberación.

Canto Del Mahamudra (Tilopa-1000.dc-)

 

 

En el Corazón de la Vieja Europa:

Tras un corto trayecto en una máquina, similar a una cafetera gigante con ruedas de hierro, en la que pude percibir la autóctona maternal belleza de las mujeres, mis pies estaban posados en medio de un lugar llamado Arany János utca, cuyo nombre me sonaba a húngaro. Estaba en pleno corazón de Europa a principios del Siglo XXI. La plaza tenía vida, movimiento, transmitía alegría. Tras orientarme, continué caminando por la calle de ese extraño nombre, hasta llegar al número que marcaba la dirección de un arrugado papel. Algunas veces, cuando la realidad se manifiesta ante nosotros de forma ostentosa, nos negamos a aceptarla y yo seguía buscando el hostel, pero no puede ser, este es el número 27, y ¿dónde está el hostel?  Entonces, la realidad me soltó uno de sus mazazos en forma de nombre escrito bajo uno de los botones del telefonillo. Era allí. Una mezcla de miedo a  lo desconocido y emoción ante la incertidumbre se apoderaron de mí y con esa sensación crucé el umbral del portal del edificio de viviendas, que, entre la liberación y la nostalgia, evocaba al comunismo.  Subía las escaleras, como sumergido en otro mundo, hasta llegar a la recepción, donde con una cálida sonrisa, me recibió una de las mujeres más bellas que había visto últimamente. Sus rasgos eslavos y ese contraste entre la piel blanca y el cabello negro azabache, mezclados con la alegría de su juventud, transmitían una lozanía desafiante, casi insultante. Al salir del trance de la conversación, me condujo hasta mi habitación. Respiré tranquilo al ver la decoración moderna  y el confort del lugar, era como si en un piso de escaleras, hubiera recorrido por lo menos cincuenta años. Allí, dejé mis pequeños y escasos objetos de algún valor en la taquilla, cuya única seguridad era un candado y me dispuse a tomar una  reparadora siesta.

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En los suburbios de la vieja ciudad caída:

Tres horas más tarde me veía deambulando por el aeropuerto de Budapest, dispuesto a descubrir otro mundo desconocido. Las gentes se movían en todas direcciones y yo me veía allí, atrapado entre ellos, con la sensación de no poder parar, de moverme hacia donde sea, cómo el protagonista del Expreso de Medianoche cuando se encontraba atrapado en el psiquiátrico carcelario. No me movía en círculos, pero el círculo no deja de ser una percepción geométrica de los humanos. Vi la puerta de salida y escapé hacia allá. Los turistas se agolpaban en la cola de las máquinas de tickets, para sacar un billete de autobús que les sacara del submundo aeroportuario. Minutos más tarde, me encontraba en una estación de metro de los suburbios de la ciudad. Allí llamaba  la atención el paso del tiempo, de la historia, cruel entropía, que se observaba oxidada, agonizante. Cómo diría Neil Young, la vieja dama risueña ha pasado por aquí.

 

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Como sardinas aéreas en lata

¿Hoy es un día especial o es uno de esos días que hacemos especial para dar un sentido a nuestra monótona existencia? No lo sé. Sólo sé que no sé nada y que sólo sé que mi día ha comenzado a las cinco de la mañana en una casa tan desconocida, como familiar y acogedora. No he pegado ojo en toda la noche, tal vez por la emoción del viaje o tal vez por ese sentido de la obligación que desde pequeño me grabaron a fuego, con el consecuente miedo a no cumplir. La puerta del salón se abre y mi amiga  Marta me da un familiar y cálido buenos días, que recibo acogedoramente, tumbado en el angosto sofá de su maravilloso hogar. Es la primera vez que estoy aquí, pero realmente me siento como en casa. Una bola de pelo con patas cruza la puerta caminando a toda velocidad hacia el sofá, sólo se ven unos ojos que se desplazan y una lengua que me busca cariñosamente. Puedo sentir su respiración agitada y su pequeño cuerpo tan lleno de vida, que ahora entiendo el sentido de la vida. Simplemente vivir. Especial o no, hoy empieza mi viaje, uno más de mis viajes, que en estos últimos días se ha convertido en mi viaje, singular, único, genuino. Mi viaje.

 

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Una hora más tarde bajo del coche de Marta, cargado con la pequeña parte de mi vida que puede ir junto a mí en un viaje low cost de Ryanair. Todavía es de noche, cómo alguien diría por algún remoto paraje de Cuenca, todavía no han puesto las aceras. Medio dormido, me siento caminar en un híbrido entre la realidad y aquel mundo paralelo que no llegamos a alcanzar. Esta sensación me incomoda, pero al mismo tiempo me gusta, porque sé que es efímera, como todo en la vida y que desaparecerá en cuanto tome el primer café de la mañana. Deambulo desorientado, sin rumbo, por el hall principal de la Terminal uno, con cuidado de no levantar sospecha. Tras un mostrador de información encuentro un rostro que me inspira confianza, que parece no juzgar por las apariencias, ni los rasgos étnicos. Mi sentido de la obligación y de la organización se activan de nuevo, tengo una hora y media para pasar el control policial, localizar la puerta de embarque y subir a esa guagua aérea que por hecho de que puede volar, tengo que llamar avión.

 

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 Puntualmente una hora y media después me encuentro en susodicho artefacto volador. Entre la algarabía de los emocionados pasajeros, las azafatas realizan el protocolo rutinario de siempre, hasta que en un sorprendente flash, las luces se apagan y cesan todos los sonidos mecánicos. Se hace un instantáneo silencio, como si una criatura sobrenatural hubiese cruzado el aire contagiándonos de su fantasmagórico espectro. Las dudas me asaltan. Quizá merezca la pena gastar un poco más de dinero, ¿no? Al fin y al cabo el dinero es recuperable. Más tarde, anuncian por megafonía el inminente retraso de la salida del vuelo, esta vez la excusa es la reparación de una de las puertas. Mis dudas se afianzan, se aferran a mí, siento como me abrazan y me atrapan, como aquella sombra negra que en la noche me abrazaba, haciéndome luchar por zafarme de ella como el más valiente de los guerreros de la Ilíada. ¿Llegaré a Budapest? ¿O ésta será mi última aventura? No, no puede ser, he salido de muchas, no me puedo quedar aquí. Si la puerta no queda bien reparada y hay un pequeño escape en el aire, ¿qué pasaría? De sobra sé lo que pasaría. Escribo a un whats app a Marta, buscando la experiencia de una coordinadora de vuelo. Me responde: Tranquilo, dentro de un rato estarás en Budapest. De nuevo he vencido, la sombra me suelta. Nos empezamos a mover, como sardinas en una lata aérea camino del corazón de Europa.