Pueblos

Valdemanco

El pasado domingo viajamos a Valdemanco, un pueblo de 972 habitantes perteneciente a la Comunidad de Madrid, en la Sierra de Guadarrama, al sur de La Cabrera. Consta la existencia de Valdemanco desde que fue escrito El libro de la montería por Alfonso XI (1311-1350), un tipo que como todo rey era amante de la caza. En dicho libro narra sus IMG_0742peripecias cinegéticas y hace ciertas recomendaciones de IMG_0694lugares especialmente idóneos para dar muerte a animales salvajes, en una de sus páginas se lee: “El Valle de Alvalate que so la Casa de muño manco, es buen monte de puerco en invierno et de oso á las veces…”, mencionando así el actual  Valle de Albate y al protagonista de la leyenda del manco fundador del pueblo, Juan Valdés. La leyenda cuenta que un vecino de Bustarviejo decidió alejarse con sus hijas unos cuantos kilómetros para poner un negocio. Cuando sus hijas crecieron y se casaron construyeron sus casas junto a la de su padre naciendo así la aldea a la que en los años 50 del pasado siglo recién llegaría la luz eléctrica y que hoy es un pueblo de canteros y constructoIMG_0758res con cierta actividad agropecuaria.

Al estar cerca de la Cabrera la geografía es espectacular, nos encontramos con innumerables rocas graníticas de origen plutónico del Carbonífero que han adquirido formasIMG_0699 dispares que a veces por el capricho simulan ser ruinas de un viejo templo pagano. Entre las rocas aletean las jaras como pañuelos arrugados, sus corazones son soles de un amarillo inocente que siempre están asediadas por insectos alados, los cantuesos floridos salpican el verdor de lila, pinos, zarzas, y en los bordes de los caIMG_0714 copiaminos, las rosas caninas crecen configurando unpaisaje que se mueve entre los polos de lo rudo y lo delicado.

Como no nos gusta madrugar, llegamos a la hora de comer. Elegí una piedra aplanada no demasiado alta para ese menester. Después de ello subimos un poco a saltar como cabras entre las rocas, bueno, en realidad sólo yo saltaba como una cabra entre las rocas, Mr. Soul me miraba desde abajo para luego continuar buscando alguna ruta senderista desde el móvil. Cuanto más subía por ellas, el viento era más violento lo cual hacía mi deambular entre las rocas vetustas más emocionante. El pueblo se veía casi entero desde esas alturas que ni de lejos eran las cumbres y yo era zarandeada por los soplidos del mundo.

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Al fin me cansé de saltar de roca en roca y empezamos a descender. En una sombra por la Vereda de los Muertos estuvimos mirando rutas, Mr. Soul no quería, por alguna extraña razón hacer la ruta de la Vereda de los Muertos así que al final encontró otra de nombre menos siniestro y nos dirigimos al Camino de los pastores que era en teIMG_0750oría bastante fácil. Cruzamos el pueblo y bajamos hacia un túnel, tras el túnel las señales verdes nos guiarían por la naturaleza. Andamos entre un camino de arena granítica perfilado por flores blancas y rocas, cruzamos un riachuelo que lamentablemente estaba agredido por la falta de respeto humana, las IMG_0755jaras más altas hacían ondear como banderas de paz sus flores, vimos un caballo color de perla vieja pastando solitario entre los susurros de los árboles, a ratos el viento soplaba fuerte, a ratos pegaba más el sol y nos quitábamos las chaquetas atosigados. Al poco de nuestro recorrido empecé a tener sed, nos habíamos bebido ya toda el agua por lo que decidimos bebernos un riachuelo entero. Elegimos el más puro que encontramos, el riachuelo entero pasó por nuestros cuerpos, al IMG_0786principio con placer, horas después con fatales resultados. Después de beber empezaron a atacarme las abejas, se enredaban en mi pelo que yo sacudía histéricamente huyendo en movimientos epilépticos. Mr. Soul se reía y decía que no había nada, luego dijo que creía que sólo eran moscas cosa que al principio me tranquilizó pero después me recordó a aquello que me contaron sobre que las moscas predicen la muerte y me entró una paranoia extrañamente soportable.  Qué le vamos a hacer, la irracionalidad sigue encendiendo fuegos en miIMG_0775 cerebro. Al rato pasamos por una zona pantanosa, había una fuente de piedra que no cesaba de escupir agua, nuestros zapatos se encharcaron, los de Mr. Soul más que los míos, todo hay que decirlo. Para continuar el camino teníamos que cruzar más humedales y con nuestros zapatos de pardillos IMG_0785de ciudad se hacía difícil la travesía. Yo quería rodear el camino por las rocas ( cualquier excusa para volver a saltar por las rocas es válida) pero Mr. Soul no lo veía factible así que emprendimos el camino de vuelta. Ya en el pueblo decidimos que lo mejor era tomarnos una merienda en Madrid, estuvimos esperando el autobús hasta que nos dimos cuenta que no iba a pasar nunca jamás, es decir, hasta las nueve. Pardillos. Pillamos un taxi hasta el IMG_0800pueblo vecino para volvernos con urgencia a Madrid. Todavía era de día pero hacía frío, el viento se volvía  hostil, yo tenía escalofríos y empezaba a sentirme febril, sensación que me continuó hasta el MarIMG_0795tes. ¿Cuántas veces habremos oído aquello de que no hay que beber agua no potable? Pues bien, algunos no aprendemos nada hasta que experimentamos las consecuencias en nuestras carnes. El arrepentimiento es el botefón que te da la magnitud de tu estupidez por suerte en esta imprudencia las consecuencias no han sido demasiado graves, y no han oscurecido la experiencia de volver a la paz agresiva de la naturaleza, a ese silencio orquestado por los grillos y los murmullos de las hojas,  un bálsamo de pureza para el cuerpo mermado por la comodidad y el ruido de nuestra guarida social.

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Yo viajo, tú viajas, él o ella viaja…nosotros viajábamos a la Luna

Para ir a Valverde de los Arroyos alquilamos un coche en el aeropuerto a una empresa que elegimos porque en un principio nos daba un presupuesto que parecía un chollo pero que al final resultó ser otra muestra viva de la picaresca española. Caímos en sus anuncios grandes y coloridos acompañados de letras pequeñas como mosquitos en una lámpara de luz ultravioleta. Sin remedio ya el timo, subimos en aquel cochazo dispuestos a rodar y rodar por una serpiente que terminaría  abrazándose a una montaña boscosa de la provincia de Guadalajara . Fueron algo más de dos horas de viaje, en las que charlamos, escuchamos la radio y comimos algo para  no llegar muertos de hambre. Al llegar encontramos rápidamente un lugar donde dejar el coche. El aparcadero estaba situado a pie de un diminuto cementerio de granito, al que debían haberle hecho una limpieza recientemente pues el suelo tras los coches había quedado bañado de flores de plástico envejecido y naranjas pudriéndose en la sombra. Lo de las naranjas supuse que se debería a algún vecino con un exceso de naranjos fértiles y una carencia de antiplagas. Después de dos horas de viaje teníamos ganas de acudir a los servicios, pero como no queríamos pagar por un café para echar una meada, meamos cual animalillos a espaldas de la necrópolis diminuta.

Bajando del aparcadero hacia el pueblo, éste se veía a lo lejos como una aldea de cuentos medievales. Las montañas rodeaban al osecuro conglomerado de casas protegiéndolo de la hipercinesia del mundo y, estando nevadas aún, lucían por la luz pálida de finales de invierno como si de oro blanco fueran.

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Comimos en la plaza mientras nos daba el sol y veíamos volver a los senderistas hippies de las rutas de montaña. Después de comer recorrimos el pueblo, fotografié su arquitectura negra, llamada así porque las construcciones están hechas de pizarra, material muy abundante en la zona. Nos colamos en varias casas abandonadas, pero sólo en sus pajares y en sus patios llenos de maleza agresiva, muchas sólo estaban protegidas por catres que hacían de rejas. La iglesia estaba sola y abierta, jugamos a dar una misa a feligresas transparentes. El sentido de propiedad privada no parecía muy marcado. Los perros y los niños corrían alegres y solos por las calles, jugaban en la llanura verde a la pelota, iban con unos y con otros sin miedos. Queríamos adentrarnos en la naturaleza por donde deja caer su voz el agua pero se nos hacía tarde y la serpiente puede ser muy venenosa cuando el sol se marcha. Así que a eso de las seis emprendimos el camino de vuelta.

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Paramos para tomarnos una merienda en alguna cafetería de Tamajón pero, además de recibirnos con unos grafittis neonazis sobre el muro de una iglesia románica del siglo XVI, parecía un pueblo fantasma. Aquí no vi arquitectura como la de Valverde de los Arroyos, aunque dicen que pertenece a la ruta de la Arquitectura negra. Sin embargo el actual ayuntamiento, que es un palacio plateresco del siglo XVI, embellecía la soledad de sus calles como un eco de su viejo esplendor. De vez en cuando veías pasar un alma por las calles medio invadidas por la hierba. Dando vueltas vimos a un caballo color comino que cuando nos alejamos empezó a relinchar, había tanto silencio en el pueblo que sus relinchos sonaron como un golpe. Por un callejón sin salida con un suelo totalmente cubierto por una alfombra de verde vida y mala hierba había un hombre sacando a pasear a un perro y a un caballo blanco. La estación de autobuses ni siquiera indicaba el horario del único autobús que pasa por allí, sólo había una pegatina anti-refugiados y un cartel anunciado una actividad cultural que ya no recuerdo, quizás era sobre un mercado. Luego descubrí que nos quedaron cosas interesantes que ver en Tamajón como la Ermita de Nuestra Señora de los Enebrales, el Monasterio Cisterciense de Bonaval y sobre todo, y esto me hace darme golpes contra la pared de gotelé de mi casa,  la ciudad encantada de Tamajón que es una zona  kárstica que ha adquirido formas extrañas por su pasado geológico igual que la ciudad encantada de Cuenca. Al no encontrar una cafetería donde merendar ( había un bar minúsculo pero me daba miedo entrar por si me encontraba a neonazis) decidimos ir a Guadalajara.

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En Guadalajara, como era de esperar, el fluir de vidas humanas era notablemente superior, paseamos un rato hasta que entramos en una cafetería donde nos pusimos morados de bollería y té. Después de nuestro chute de azúcar salimos nuevamente a pasear. Al pie de un portal había un cartel anunciado una exposición de arte, la puerta estaba abierta de par en par a un metro del primer escalón hacia el piso de arriba. Mientras nos lo pensábamos bajó una chica vestida de negro corriendo y animándonos a ver la exposición. Subimos con cierta timidez al menos por mi parte, el lugar tenía una decoración de principios del siglo XX, era bello y elegante, un viejo rincón burgués, sus paredes estaban decoradas de arte italiano, además de jarrones y estatuas sobre muebles de madera. De una habitación salía música rock  entremezclada con el chocar de los alegres cristales de las copas, el resto de habitaciones y pasillos estaban ensombrecidos, solitarios, como durmientes… Elegimos una de esas habitaciones en penumbra y de exquisita decoración para sentarnos un rato a contemplar la noche en esa ciudad tan vieja donde no hay ningún sólo rincón que no nos recuerde a algo que jamás vivimos. Me habría quedado toda la noche allí confundiéndome con el murmullo de las épocas pero al día siguiente tenía que trabajar. Señor, ¿por qué tanta tortura?

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¿Viajamos para conocer?¿Viajamos para recordar? ¿Viajamos para olvidar? Si formamos parte de un todo, en todo viaje hay un descubrimiento que es un autodescubrimiento, un reconocimiento de lo olvidado y un anhelo de olvidar, de dejar las preocupaciones atrás para volver sentir que el mundo es nuevo. Lo bueno del viaje es que podemos hacer constructivos sentimientos aparentemente opuestos que se enredan con el ruido de la monotonía enfermándonos de una cordura sepulcral pero que forman parte del crecimiento natural del ser humano. El viaje remodela nuestra mente, le devuelve la maleabilidad y crece y rejuvenece. El viaje nos enfrenta a nuestros miedos, en cada esquina hay un miedo agazapado que ruega ser escuchado antes de devorarnos. El viaje hace que el tiempo sea siempre presente pero además nos recuerda que todo es fugaz. Como dice un verso del poeta peruano José Watanabe “Ama rápido, me dijo el sol”. Hay muchas formas de viajar, muchas formas de vivir, tal vez infinitas, pero nunca deberíamos olvidar que estamos siempre viajando.