reflexiones

Perder las formas

El tiempo que separa las imágenes de mi infancia con mi presente crece con el espesor de lo mitológico, crece tanto y de una forma tan profunda que me parece, a ratos, que se trata de uno de tantos relatos que dejé a medias. Me recuerdo en la formación de tipo militar en el patio de la escuela, con la mano en el corazón, con el rostro siempre en alto, mientras cantaba un himno que cuelga raído en los anaqueles de mi memoria. Después, marchábamos hacia las aulas para orar todos juntos antes de empezar las clases. Si llegabas tarde, cosa que a mí me pasaba frecuentenemente, nos tenían media hora haciendo flexiones y corriendo por el patio como castigo. En aquel lugar nos educaban para ser personas formales, rectas, educadas, respetuosas de la ley y amantes de la religión y la patria, futuros ciudadanos que mantuvieran el orden con severidad de una ciudad que sólo ha conocido el desorden.

A principio de curso unos compañeros eran elegidos para ser “policías escolares” y otros para brigadas de cualquier ocurrencia que nos enseñara el orden militar y político. Los policías escolares eran niños elegidos por su buen expediente y su buen carácter a los que se les daba el poder de ser unos chivatos, llevar ciertas distinciones y un palo blanco que cedían a los profesores cuando éstos se lo pedían para darnos pequeñas palizas educativas. La brigada de la limpieza se ocupaba de ordenar a los niños en fila y revisar que estuvieran limpios y con el uniforme bien puesto. Llevar el uniforme mal puesto era señal de descuido personal, falta de formalidad, falta de autoestima, una invitación al desorden. Yo siempre llevaba el uniforme mal puesto pero, por ironías de mi inconsciente, una vez me presenté para formar parte de la brigada de la limpieza. Todos creían que debía haberme presentado a policía escolar por mi notable expediente académico pero era tan evidente el contraste con mi personalidad soñadora, chistosa y un tanto autárquica que la ironía se me hacía consciente. Ser de la brigada de la limpieza era la versión light para saciar mi curiosidad por el poder. Mi deber durante unos meses fue el de revisar las uñas de mis compañeros, ver si llevaban la ropa planchada, mirar si tenían el pelo limpio, chivarme sin tenía roña en la piel  y en caso de que hubiera algo fuera de lo correcto, comunicarlo a mi maestra para que ella llamara la atención de la niña o niño en cuestión y posteriormente de sus padres. Creo que sólo el primer día me lo tomé medianamente en serio, después, en cuanto me esforzaba en mantener un rictus serio y en revisar a mis compañeros empezaba a reírme, a hacerles cosquillas y muecas para que no fuera todo tan serio y aburrido. La profesora me regañaba y de nuevo volvía a intentar ponerme seria mientras cacheaba a mis compañeros para empezar paulatinamente a dibujarme una sonrisa pícara y continuar con una risa que siempre contagiaba. Cuando acabó el curso acabó mi cargo, no me volví a presentar a ningún otro, tampoco me lo propusieron, asumí que yo no estaba para guardar las formas, ni las mías ni de las de nadie. Después de esos años en aquel colegio, rechacé todo orden, toda formalidad, todo lo que me recordara a esas mañanas estrictas donde no se me permitía imaginar ni reír. Tras una fuerte opresión algunos tendemos a irnos a lo opuesto, y cuando la reacción opuesta se alarga demasiado, sin valorar con objetividad las cualidades de todos los puntos de vista, empieza a dar lugar una tiranía del caos.  Algo de razón había en esa escuela de corte autoritario y dogmático, algo que me costó mucho tiempo asumir , y ese algo es lo que bien conocemos por la teoría pero poco ponemos en práctica, y es que no podemos vivir sin las formas, transgredir y evolucionar lo viejo es el deber de los jóvenes, pero sólo se evoluciona verdaderamente hasta que se le da una forma inteligente y se la lleva a cabo (con disciplina, conocimiento y cierto orden) y se asume sus limitaciones y se vuelve a transgredir y evolucionar. Desde la política hasta el arte, desde el desarrollo personal hasta la historia de la humanidad, todo funciona así.

Pero hoy en día nos hemos quedado estancados en el momento de transgredir, y buscamos destruir sin proponer qué construir, sin saber, y no hablo en tono metafísico, ni de dónde venimos ni a dónde vamos. Nos creemos rebeldes, pero  nos dejamos llevar por las corrientes ya formadas por otras mentes, hasta las corrientes de destrucción del opresor no están libres de intereses de diversos tipos que nuestra ilusión, que nuestra fe en que algo quede libre de mácula en este mundo nos impide ver. Lo siento, no es así. Si uno no piensa por sí mismo y actúa en consecuencia, con gran esfuerzo, disciplina y valor, y da formas  y las reformula una y otra vez, descubriendo y redescubriendo el entramado de formas que son mentiras e ilusiones ,pero con pistas sobre la realidad, para todos los gustos y para todas las suspicacias, corremos el riesgo real de quedarnos atrapados en esta luz de lámpara anti-inconformistas que es la rebeldía sin causa definida.

Perder las formas es bueno muchas veces, la psique se enferma en una rigidez perenne, necesita la holgura y la transformación, pero en algunos asuntos de la vida hay que tener cuidado e inteliencia para saber hacerlo.